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martes, 4 de julio de 2017

La compleja realidad del corcho. Las duras jornadas para extraer este material en Los Alcornocales están marcadas por los retos de conservación del monte y las vicisitudes del sector


La compleja realidad del corcho

Las duras jornadas para extraer este material en Los Alcornocales están marcadas por los retos de conservación del monte y las vicisitudes del sector

Un trabajador apila los corchos tras su extracción sobre un camión a varios metros de altura.

Pablo Fdez. Quintanilla


El sector del corcho sigue dando trabajo a muchas personas en la Sierra de Cádiz, en los municipios que limitan con el Parque Natural de Los Alcornocales. Se trata de una masa forestal de alrededor de 170 mil hectáreas. Prácticamente, supone una cuarta parte de la provincia, si bien el extremo oriental del parque se desborda hasta Málaga. Desde comienzos de la presente semana está en marcha la 'saca del corcho' o descorche, el procedimiento por el que se va 'pelando' el tronco de los alcornoques para obtener este material que cuenta con diversas salidas. La más importante durante muchos años fue la de los tapones de botella. En aquellos años en los que los jereces y la manzanilla se producían sin límite, apenas se daba abasto en Los Alcornocales. Si bien el tapón de corcho nunca se perdió, la producción tradicional dio paso a alternativas más baratas. Un buen tapón puede llegar a costar casi un euro, mientras que sus hermanos industriales apenas llegan a los 10 ó 12 céntimos por unidad.
La importancia para la saca del corcho gaditana de los usos comerciales es una batalla que se lleva librando desde hace tiempo en varios frentes. Por un lado, se busca convertir al corcho en un referente entre los materiales usados en industrias como la construcción o la aeronaval. Es un aislante que pesa y cuesta poco respecto a otros, defienden en el sector. Incluso en el mundo de la moda está encontrando usos, gracias a técnicas de acabado exportadas de la industria del cuero de Ubrique. En Prado del Rey, por ejemplo, existe una firma de marroquinería que desarrolla su labor en un antiguo taller de cuero que se vende como ropa de producción 100% ecológica. Los bolsos de diseño llegan a superar los 150 euros en tiendas. Por otro lado, la otra 'guerra del corcho', que no es más que un proceso de reivindicación surgido hace unos años, promueve que una mayor parte de los beneficios que genera este material se queden en la zona. Como revelan desde la Asociación de Amigos del Parque de los Alcornocales, el 95% de la manufactura se realiza fuera. Portugal es el principal comprador del elemento. De hecho, de aquella imagen propia de municipios como Jerez en los que había talleres de labores con el corcho, incluso taponerías rudimentarias, se ha pasado a ver cómo los camiones circulan en dirección al país luso cargados de toneladas y toneladas de corcho. La realidad es que, según cuentan desde el sector, la mayor parte de los tapones de los jereces, las manzanillas y otros caldos de la tierra pasan primero por Portugal, por lo que el material realiza un camino de ida y vuelta hasta su lugar de origen que deja descolocados a aquellos que abogan por un mayor aprovechamiento de este recurso natural.
Un trabajador gana hasta 100 euros por jornadas que comienzan a las cinco de la mañana
Algunas de las fincas en las que se trabaja 'la corcha', como llaman al proceso en algunos pueblos, son públicas. Principalmente, pertenecientes a los Ayuntamientos, aunque la gestión se ha cedido a la Junta de Andalucía por tener una mayor capacidad de aunar la labor de los especialistas en conservación.
A día de hoy, los que viven del corcho son los que consiguen sacarse un jornal entre los meses de junio y agosto de cada año. Quizás algo menos. Este año, la temporada ha comenzado antes, por lo que en julio se habrán descorchado casi todos los alcornoques de la provincia. La estacionalidad también está marcada por otro fenómeno. La saca se realiza en los árboles cada nueve años, por lo que la producción fluctúa anualmente. Si se retira antes, el riesgo de muerte del árbol es grande, por el 'estrés' que supone este procedimiento. Para que haya ejemplares de hasta 200 ó 300 años, hay que hacer muchas cosas bien. Lo más importante es que el proceso se realice con precisión. Los más experimentados son capaces de hundir el hacha justo hasta el tronco del árbol, la llamada capa madre. Si el hierro se hunde más, se producen unas 'cicatrices' que provocan que nunca más nazca el preciado revestimiento y el corcho se regenere con mellas.
Acompañando a una cuadrilla de corcheros en una finca cerca de Alcalá, en Puerto de Gáliz, queda claro que el producto está en buenas manos. Y que por consecuencias de la realidad económica, los jóvenes se han visto en la obligación de tomar el relevo de sus mayores ante la falta de perspectivas laborales en sectores algo menos sacrificados. Porque, vaya por delante, la saca del corcho es una labor durísima. Primero, porque supone trabajar al Sur del Sur y de sol a sol en los meses más calurosos del año. Segundo, porque los montes apenas cuentan hoy en día con veredas que faciliten la labor en terrenos donde es fácil deslizarse y caer. Tercero, porque los camiones se quedan en los pocos llanos a los que pueden acceder dentro de las fincas y hay que montar dos veces el corcho: primero en un mulo (única 'máquina' capaz de transportar hasta 200 kilos de una sola vez por zonas resbaladizas) y luego en los camiones que corteza a corteza se encuentran en su parte superior a una decena de metros. No hay máquinas para colocarlos presidiendo la carga. Se lanzan trozo a trozo a las alturas como un 'boomerang', donde otro conocedor de esta industria los apila con ciencia y paciencia. A diferencia de lo que ocurría en tiempos pasados, el jornal asciende a unos 100 euros. Se paga la profesionalidad y el sacrificio. Todos están en el campo a eso de las cinco de la mañana y nadie se marcha antes de las tres de la tarde. Los arrieros, los que se encargan de tirar de las mulas, son los últimos en marcharse, los que abandonan la zona cuando desaparece el último camión.
Andrés Tizón Días es uno de esos maestros corcheros que van enseñando el trabajo a los novicios. Ahora es arriero, pero lleva 45 años dedicándose cada verano a la labor. "Éste espero que sea el último, si me dejan. Tengo ya 60 años y cuesta. Es más duro que antes porque las veredas están peor". El oficio secular se ve amenazado por un proteccionismo del monte mal entendido, el de dejar que Los Alcornocales se convierta en tierra virgen, denuncian desde el sector. El origen del parque es antropogénico: es lo que es porque el ser humano ha propiciado que sea así, y conservar significa seguir haciendo lo que se ha estado haciendo, no dejar que la iniciativa natural lo convierta en una jara. Hoy hay más monte porque se pasa por el campo mucho menos que antes. A pesar de que se hacen esfuerzos, como la generación de las veredas, el sotobosque es mucho más salvaje que antes. Esto también genera un mayor riesgo de incendio.
Una de las voces más importantes de la zona, que prefiera no dar su nombre, reconoce que los mismos propietarios de las fincas han caído en cierta dejación de funciones. "Si se les explicara cómo tienen que hacerlo, cómo se tiene que gestionar, creo que se implicaría mucho más". Hay dueños que han heredado estas tierras y que viven a muchos kilómetros del origen de su fortuna corchera. Por un quintal castellano, como se pesa el corcho, se pagan a precio de campo desde 50 hasta 80 euros. Son 46 kilos bien pagados. Cada año se producen unas 130.000 toneladas, por lo que la importancia del sector es grande aunque apenas redunde en la realidad económica de la zona, a excepción de los jornales de la mano de obra. Los precios dependen sobre todo de la calidad. A mayor porosidad, menor precio. La excelencia se encuentra en las fincas en zonas a mayor altura, donde se crean las condiciones climáticas perfectas. El corcho de mayor calidad sirve para hacer tapones, por ejemplo. El de menor calidad, para aislantes y para ser transformado, granulado directamente en fábricas.
Los usos de las fincas se están diversificando para ganadería, para caza, e incluso está explorándose con éxito la atracción de turistas interesados en sumergirse en islas de tranquilidad como Los Alcornocales. La amenaza para el corcho se encuentra en las plagas. Hay hongos que una vez que entran en la tierra, infectan a todos los ejemplares de alrededor. "Conservar es también talar el que no vale para que no arrastre a los demás", cuenta un especialista consultado. Y entre los insectos, la llamada 'culebrilla' es una de las más temida, pues va dañando el árbol desde la capa madre e impide la generación de resinas, lo que supone un golpe para la calidad del alcornoque. "Hay que trabajar más para que eso no se pierda. Hace falta una mejor gestión, ayudas... Se echa en falta. Hay que seguir gastando jornales para atajar los problemas de las plagas, y concienciar a los propietarios. Así es posible que mejore la corcha y no se acabe yendo todo a Portugal", remacha el especialista.

Origen información: Diario de Jerez

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