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miércoles, 3 de agosto de 2011

Los locos del vino

Los locos del vino


JESÚS RODRÍGUEZ 10/07/2011

Hacen los vinos con más futuro de nuestro país. Con la ecología como bandera, pasión por el viñedo y vocación de vender fuera, elaboran caldos únicos que reflejan un suelo y una historia.
Están locos. Sostienen que el vino es algo más que un líquido rojo, sedoso y brillante que brota una vez al año de un racimo de uvas. Y actúan en consecuencia. Son extremistas. No dan un paso atrás. Mantienen que el vino es un milagro, una parte esencial de nuestra cultura, y se obstinan en que cada una de sus botellas encierre el misterio de una tierra y unas uvas únicas; una luz, aromas, flora y fauna inimitables; una tradición e historia irrepetibles. Que sea un eslabón que nos conecte con los fenicios, griegos y romanos. Con los monasterios cistercienses, con el sofisticado Medoc alavés del XIX. Siglos de una viticultura natural anterior a los tractores, herbicidas, pesticidas y fertilizantes. A las modas. Y al marketing. Que se nutre de oficios y herramientas que hoy parecen anticuados y ellos consideran vigentes. Para estos locos, el vino debe ser alimento, salud, magia y placer. Excelencia. El reflejo de un país. Una forma de vida que se está perdiendo e intentan recuperar. Un resumen envasado de nuestras señas de identidad. Así lo quieren vender al planeta. Porque el vino, además de su lado romántico, ese que atrajo inexorablemente al ilustrado financiero alemán Dominik Huber a dejar todo, cambiar de vía y venirse a elaborar grandes vinos al Priorato con apenas 30 años y una mano atrás y otra delante, es también un negocio que mueve 200.000 millones de euros. Una mina de oro carmesí que ofrece singularidad y paisajes irrepetibles para un turismo de supercalidad con el que enfrentarnos a los tiempos de crisis.

Los locos dicen que para triunfar hay que llenar cada botella de calidad, personalidad y diferencia
En España se bebe menos vino que nunca, 17 litros por habitante. La mitad que en Francia o Italia
Estos artistas del vino demuestran que las cosas no son como eran, que hemos avanzado

Luchan por ese modelo. Por el culto a la viña. Por la vuelta a lo primigenio. Con poco dinero y mucha ambición. Y enfrentándose a menudo con la incomprensión de sus compañeros y vecinos que nunca entendieron su filosofía y les tacharon de excéntricos. Y con las administraciones públicas, de las que nunca han recibido un euro porque para ellas modernizar el sector vitícola suponía arrancar, mecanizar, uniformizar y apostar por la vulgaridad. Y perder el alma.
Esa no es la hoja de ruta de los locos. Así no se va a ningún lado. España, el primer viñedo del mundo por extensión, con más variedades y tradición que ningún otro, vende, sin embargo, sus botellas en los mercados internacionales a un precio muy inferior al de sus seculares rivales del Viejo Mundo (Francia e Italia) y, al tiempo, tampoco puede competir con el Nuevo Mundo (Australia, Chile, Argentina, Nueva Zelanda, Sudáfrica) en los segmentos más bajos. Ni viejos ni nuevos. Ni buenos ni malos. Somos invisibles. Y eso es perceptible en cualquier gran tienda de vinos de Londres o Nueva York, donde nuestras marcas están ausentes y hay que ir a los supermercados de barrio para por fin toparse con cava barato y tintos mediocres made in Spain. Esa falta de prestigio es también evidente en los estantes de los duties de los aeropuertos de medio mundo, donde uno encuentra los vinos más obvios, rancios, anticuados y peor etiquetados del sector vitivinícola español frente al glamour francés, la simpatía italiana y el toque cool de los nuevos jugadores. Esa es la imagen que proyectamos en las autopistas de la comunicación del planeta: bajo precio, escasa imagen y poco gancho. Tópicos que hay que desterrar. Los popes mundiales del sector definen nuestra viña como un "diamante en bruto del que se ignora casi todo y que puede dar sorpresas". Parece que aún no nos hemos enterado.
En junio asistí a un evento organizado en Boston por la revista Wine Spectator, una de las biblias globales del sector, que reunía en el hotel Marriott Copley a 200 de las mejores bodegas de una veintena de países dispuestas a mostrar y dar a catar sus productos a un millar de aficionados que habían pagado 200 euros para asistir al acto. Una ocasión única para darse a conocer en Estados Unidos, husmear lo que hacía la competencia e interactuar y conocer los gustos del consumidor. Sin embargo, la impresión que dio en Boston el vino español fue penosa. Nuestra representación era de un nivel inferior a la de Francia, Italia, Argentina o Australia. Muy pocos propietarios de bodegas españolas se habían dignado a desplazarse hasta Estados Unidos y habían dejado sus estands en manos de comerciales que la mayoría de las veces no habían estado en España, no conocían la bodega que representaban ni hablaban español. Esa misma noche, uno de los pocos bodegueros que asistieron, José Manuel Ortega, un hiperactivo ex banquero con proyectos vitivinícolas en Argentina, Chile y Ribera del Duero, que recorre cientos de miles de kilómetros en clase turista con sus vinos bajo el brazo y ha conseguido que The New York Times exalte sus caldos de Malbec, me dio algunas claves del fiasco español: "Cada denominación tira por su cuenta y no hay en el exterior una imagen de conjunto de los vinos españoles ni siquiera de lo que es España; no hay buenos restaurantes españoles en el mundo que sirvan de escaparate a nuestros productos, como hacen los italianos; tampoco hemos sabido incentivar el turismo enológico, que en Napa (California) supone un trasiego de nueve millones de personas, y en Argentina, de cerca de dos millones, que gastan y ejercen el boca a boca; y, sobre todo, nuestro esfuerzo comercial ha sido mínimo: la gente del vino español no se mueve". A su lado, otro de los hombres importantes del sector, Gonzalo Verdera, un economista formado en Harvard impulsor de Todovino, uno de los más modernos y activos clubes del sector en nuestro país (creado bajo el objetivo de ser el "sumiller personal" de cada uno de sus clientes), completaba el pensamiento de José Manuel Ortega: "No tenemos imagen. Hemos vendido mucho fuera, pero no hemos logrado crear marca-país. No tenemos marcas globales en tamaño ni reputación. Hemos creado grandes vinos, pero no se ha creado una estructura empresarial de gestión, comunicación y marketing alrededor de ellos. ¿El futuro? Hay que apostar por la clase media, hacer vinos de 10 euros de buena calidad y con una imagen limpia y clara. Y, sobre todo, hay que definir esa imagen de España que no terminamos de concretar".
Frente a esa gris perspectiva, los locos dicen que la clave para triunfar es llenar cada botella de calidad, personalidad y diferencia. Y aprender a venderlas. Algo que nunca hemos hecho más allá de los graneles sin nombre que enviábamos históricamente a Europa para dar grado, color, cuerpo y sabor a sus vinos a cambio de unas migajas. Lo mismo que hacemos con el aceite de oliva, que damos a embotellar y comercializar a los italianos, que lo venden a precios altísimos en las nuevas y sofisticadas boutiques del paladar de Nueva York o Tokio. Los locos se quieren hacer notar. Reivindican lo propio. Lo resume Benjamín Romeo, un mago del vino y los negocios con la cachaza de un hortelano que, desde cero, ha logrado elaborar en San Vicente de la Sonsierra algunos de los más grandes (y caros) vinos de La Rioja, mientras paseamos por la viña de Andrés, heredada de su padre y punto de partida hace 15 años de su proyecto. Hoy exporta el 90% de su producción. "Frente a la globalización, nuestra defensa es la calidad, y en España esa calidad parte de la tradición, coge lo mejor de la herencia de nuestros antepasados y la desarrolla y pone al día. Todos sabemos que los chinos se pueden comprar las mejores barricas francesas y plantar las mejores variedades, pero lo que no se pueden llevar es esta arcilla, la niebla, el Ebro, la cordillera del Toloño. Eso nos pertenece. Y es nuestro mejor marketing". En su nueva bodega de San Vicente, Benjamín ha instalado un puñado de cámaras que apuntan en dirección a su viñedo y a su pueblo, "y cuando estoy a lo mejor en Japón, saco la tableta, conecto las cámaras por control remoto y les enseño cómo es esto; nuestras uvas, el cielo, el castillo, de dónde venimos y cuál es el proyecto. Y lo entienden. Los japoneses son muy sensibles a lo puro: comen pescado crudo".
La opinión de Benjamín Romeo es compartida por uno de los hombres más poderosos (y temidos) del vino español, Jorge Ordóñez, fundador de Fine Estates from Spain, una compañía domiciliada en Massachusetts que canaliza nuestros mejores caldos a Estados Unidos. Ordóñez es, además, un avezado creador de tendencias, un trendsetter, capaz de definir cómo deben ser los vinos para conquistar a los críticos americanos. Así lo ha hecho con distintas marcas surgidas de su batuta en rincones de nuestro país olvidados por la gran viticultura monopolizada por Rioja durante décadas, como Toro, Campo de Borja o Jumilla: "La clave de una bodega es la buena uva, y si la tienes, tienes buen vino por décadas. Durante años hemos arrancado lo mejor que teníamos, nuestra uva inmemorial, y hemos plantado variedades foráneas porque parecía que era lo que pedía el mercado. Nos hemos equivocado. Esos vinos generalistas, de uvas internacionales, los hacen más baratos y los venden mejor los del Nuevo Mundo a través de sus grandes corporaciones. La clave para vender en Norteamérica es nuestra diversidad de uvas, paisajes y denominaciones de origen (tenemos 70). Para muchos consumidores del Nuevo Mundo somos unos recién llegados; no saben situarte en el mapa, y te tienes que poner didáctico, hacer miles de kilómetros, rascarte el bolsillo y explicar a los distribuidores, a los dueños de las tiendas, a los críticos, que llevamos 3.000 años en esto. Y que las mejores tempranillos, garnachas y cariñenas están aquí. Es de lo que podemos presumir. Y luego, calidad, limpieza, los mejores controles sanitarios, algo que no siempre hemos hecho porque vendíamos a granel y ahí valía todo". La calidad es la otra clave del éxito del vino junto a la personalidad. Lo confirma con una sola frase el viejo Isacín Muga, venerable y listísimo presidente de la bodega del mismo nombre de Haro: "Al cliente solo le engañas una vez".
Los locos han vuelto a sus raíces. Son hijos y nietos de viticultores. Cuidan sus viñas viejas como jardines japoneses donde cada cepa tiene nombre y se cultiva con las manos con el mimo de un bonsái. "¿Cómo voy a viajar, quién se encarga entonces de las viñas? Yo lo hago todo, desde arar hasta podar, recoger y embotellar", afirma con su humor de navaja de barbero Emilio Rojo, un ingeniero que en 1986 rompió con la capital y volvió a Arnoia (Ourense), a las tierras de sus padres, para arrancar a una pequeña viña el mejor ribeiro de la historia, del que solo produce 5.000 botellas y que se rifan los poderosos. "Estás en la viña todo el día, la conoces como a una hija y la interpretas cada año de una forma distinta", recalca Abel Mendoza, barbudo, sabio y socarrón, uno de los más grandes y honestos artesanos del vino de Rioja; un tipo peculiar y entrañable siempre secundado por Maite, su mujer, una exazafata que le ha obligado a ponerse una camisa nueva ante la visita de los periodistas. Con la pareja visitamos sus viñas de Marrarte: "El viticultor es un simple gestor de lo que la tierra le va dando; cada añada es una sorpresa. Cada año es imprevisible. Si llueve o hace calor, te da un resultado distinto. No repites. Interpretas. Yo nunca hago un vino igual a otro. Este es un oficio de sentido común. De vista larga. Si conservas el medio ambiente, si no le metes porquerías, dejarás un futuro mejor a los que vengan. Hay que respetar la tierra. Pensar a largo plazo, porque a corto te agobias con la hipoteca y metes un tractor y haces un vino vulgar. Y eso le está pasando a la gente aquí: las grandes bodegas pagan tan mal la uva [a la décima parte que hace diez años], que el agricultor se desentiende. No hay exigencia. Yo me arriesgué y salté del negocio familiar de cultivar y vender la uva a hacer mi vino, embotellarlo y etiquetarlo. 'Adónde va este', me decían. Hoy vivo de ello, me paga las vacaciones y tengo amigos en todo el mundo. Y no quiero más. Una botella de vino tiene que ser como un libro que te cuente en unos minutos el contexto, la historia, el paisaje, quién lo ha hecho. Si no, es un aburrimiento. Si no te inspira, no lo vuelves a comprar".
Los locos rechazan la química. Las grandes producciones. Las plantaciones exuberantes. Buscan la imperfección con entrañas. Usan las armas de la ecología y la biodinámica. Aran con mulas. Abonan con caca de vaca. Podan a mano. Miran al cielo. Prueban la uva. Se guían por el movimiento de los astros. No tienen prisa. No están dispuestos a producir más para llenarse los bolsillos y arruinar su porvenir. Ni se les ocurre plantar variedades y clones de rápido crecimiento para forrarse en el menor tiempo posible. Ese ha sido el error de muchas bodegas. Especialmente en la Ribera del Duero: duplicar, triplicar, cuadruplicar la producción durante la burbuja. "Como dice un marroquí que trabaja con nosotros, 'la prisa mata, amigo", explica Carles Ortiz, que elabora junto a su compañera, Esther Nin, algunas de las nuevas joyas del Priorato. Trepamos a su lado por las laderas de Mas d'en Casa d'Or, sus paleolíticas viñas de Porrera. Intuimos al fondo del valle el mismo Ebro que recorrimos en La Rioja con Benjamín y Abel. En esta viña de Carles y Esther, la química no entra. Sus remedios contra los parásitos y las plagas son tisanas a base de agua de lluvia, manzanilla, cola de caballo y diente de león. Se interviene lo justo. De aquí surgen vinos sin comparación. Esther es, además, enóloga de Clos Erasmus, uno de los vinos más míticos y buscados de esa zona. Carles tira de su mula y Esther porta en su pecho a Roger, el hijo de ambos. Entre las cepas crecen flores, perales y membrillos. Esther coge frutas, las machaca y se las pone en los labios al bebé. "Roger crecerá en la viña; no tenemos una persona que lo cuide, hemos preferido contratar a una persona más para cultivarla. En estos momentos nos parece más importante".
Esther y Carles forman parte de la segunda generación de hippies del Priorato. La primera llegó aquí a comienzos de los ochenta y estaba formada por Rene Barbier, Álvaro Palacios, José Luis Pérez, Carles Pastrana y Daphne Glorian. Los cinco dieron fama a esta comarca y saltaron la banca de las clasificaciones del gurú mundial del vino, Bob Parker. Esta segunda generación quiere ir más lejos y aportar más naturalidad, frescura y ecología al producto. Son amigos. Nos lo demostrarán durante una cena en la que dos competidores del nuevo Priorato, Esther y Dominik Huber, comparten vinos, risas y viandas. No todo vale para vender.
Las cosas han cambiado. Los locos ya no enseñan la bodega, enseñan el viñedo. Entre cepas, en la finca Turo d'en Mota, en Sant Sadurní d'Anoia, desayunamos con los primos hermanos Ton y Josep Mata, herederos de la firma de cava Recaredo, que han conquistado a la crítica americana con un espumoso al que da nombre esta finca, cuesta 90 euros en el mercado y al que Parker ha clasificado con 96 puntos, lo nunca visto en el cava. No hay un escenario mejor para ellos que estas cepas ecológicas de 1940. Materializan su culto a la tierra.
Han quedado atrás los días del pelotazo. Del vino espectáculo. Unido a la especulación y la burbuja enológico-inmobiliaria. Hay centenares de bodegas en venta. Repletas de vino sin salida. Clónico con el de otras bodegas en venta repletas de vino caro y mediocre sin salida. El péndulo ha cambiado de dirección. Ya no se trata de hacer grandes vinos de 100 euros, sino grandes vinos de 10 que te permitan hacer ediciones limitadas de grandes vinos de 100. Es el envite: vinos dignos a precios razonables. Diferentes y sencillos. Frescos y más ligeros. Arriesgados. Con menos madera. Para beber y no para satisfacer a los críticos (al menos, eso dicen).
Se trata de aguzar el ingenio. De enamorar a una nueva generación de consumidores hoy adictos a la cerveza y los alcoholes de alta graduación. En España se bebe menos vino que nunca. Diecisiete litros por habitante. La mitad que en Italia o Francia. La mitad que en 2000. La cuarta parte que hace 50 años. Los locos de la viña lo saben. Y están decididos a llegar a la mayor gente posible, y revelarles los secretos de esta grava, cal o arcilla; de unas uvas pequeñas, reunidas en racimos compactos y concentrados. Llevados al extremo. Es su obsesión. No están dispuestos a invertir en ladrillos ni en bodegas firmadas por arquitectos estrella; han empezado de prestado, en garajes, en pisos, en naves industriales, con un par de barricas; en una vieja imprenta, como Laurent Corrio e Irene Alemany, una pareja que se conoció mientras estudiaba enología en Borgoña y desde 1999 están revolucionando los tintos del Penedés aunque acudan al pluriempleo para redondear el magro presupuesto familiar. No quieren casonas con blasones, sino hacerse con los mejores viñedos olvidados. Territorios cubiertos hace siglos de viñas que un día se maltrataron y olvidaron y ellos localizan, resucitan y replantan con las uvas originales y después aguardan a que la naturaleza haga el resto. Pueden pasar 35 años hasta que den un gran vino. La paciencia es la primera virtud que debe adornar al vitivinicultor. Como afirmaba la baronesa Rothschild, uno de los apellidos míticos del vino francés: "Una vez que llevas 300 años en esto, ya todo va rodado".
"Hemos tardado décadas en enterarnos de que el vino se hace en el viñedo y no en la bodega", fue lo primero que me dijo en Boston Juan Muga, de 38 años, tercera generación de mugas al frente de la marca riojana a la que da nombre su apellido. Muga, una de las bodegas tradicionales de Rioja, que produce dos millones de botellas al año, no ha sucumbido a la tentación de producir de manera industrial. Ha preferido invertir y atrincherarse en el viñedo. Y dar una vuelta de tuerca al prestigio de sus procedimientos. Desde fabricar sus propias barricas de roble, un oficio que se estaba perdiendo, hasta envejecer todo en madera y controlar cada grano de uva que entra en su bodega. El resultado es un vino de calidad, a mitad de camino de la modernidad y la tradición, que transmiten al mundo a través del millón de botellas que exportan cada año. Traje gris a medida, buen inglés, una copa como apéndice de su mano, Juan Muga se afanaba en nuestro encuentro bostoniano en explicar su proyecto a los aficionados americanos. Lo mismo había hecho en los días anteriores en Chicago, Las Vegas y Austin, y antes de continuar hacia Brasil en un continuo peregrinaje mercantil. "En Tejas estuve en un gran supermercado, el Central Market; la gente con su carrito y yo sirviendo vino y hablándoles de Rioja. En España no lo habría hecho, pero en Estados Unidos... hay que perder la vergüenza; nosotros exportábamos el 30% hace dos años y ahora estamos en el 50%. Hay que viajar, probar, conocer, comparar, aprender. Justo lo que nunca hemos hecho". Los locos del vino tienen claro que, aunque actúen en local, su campo de actuación debe ser global. Están dispuestos a llegar más lejos con el que consideran el mejor vino de nuestra historia.
Saben que la clave es transmitir un mensaje en cada botella. Ser una locomotora de imagen. Tirar del resto del sector (como hacen en Burdeos las cinco marcas más legendarias o en Italia los supertoscanos, que arropan en el imaginario popular mundial a miles de bodegas francesas e italianas más humildes y mucho peores) y mostrar un camino: las cosas se pueden hacer de una manera más limpia, original y natural. Respetando la tierra. Y triunfar. No son palabras: Numanthia, una de las bodegas nacidas a finales de los noventa en Toro con esa perspectiva de personalidad y calidad de manos de la familia Eguren, fue adquirida en febrero de 2008 por el grupo LVMH, el portaaviones del lujo global, por 36 millones de euros. Era la consagración de una manera de hacer bien las cosas. En la misma dirección, Vega Sicilia, el incombustible mito del vino español, se ha aliado con la familia Rothschild, la alta nobleza de Burdeos, para adquirir buenas viñas en La Rioja al precio que sea hasta atesorar más de 100 hectáreas. Con ellas elaborarán grandes vinos riojanos en la próxima década. Ambas operaciones financieras suponen un voto de confianza por nuestro terruño.
Que es el capital del vino español. Por eso locos tratan la tierra como a un ser vivo. La escuchan y susurran. Cada cepa es un individuo. Cada botella, una historia de amor. Por eso Telmo Rodríguez, uno de estos elaboradores a veces incomprendido y tachado de excéntrico, en precario equilibrio en los empinados bancales de su viña La Falcoeira, muy cerca de Santa Cruz, en la provincia de Ourense, sobre el río Bibei, un enclave solitario, único, con robles, frutales, helechos y paredes de granito, jabalíes y aves, de una seducción bíblica, se revuelve la melena y musita hipnotizado: "Ahora me queda meter toda esta belleza en una botella de vino". Ese es el secreto. El resumen de su filosofía. Su sueño desde hace dos décadas. Nunca se ha apeado de sus principios.
Conocí a Telmo hace 15 años. Y no ha cambiado una coma la filosofía con la que se lanzó al ruedo vitivinícola a mediados de los noventa con el objetivo de recuperar viñedos singulares en distintas regiones de España, abandonados o triturados por la modernidad, devolverles la forma que tenían hace un siglo, utilizando las tradiciones vitícolas de la zona, y hacer un vino que sea el fiel reflejo de su historia y ecosistema. Lanzarse a tumba abierta aun perdiendo dinero para extraer de cada viña el mejo vino. Acometió ese proyecto de locos junto a Pablo Eguzkiza, al que conoció cuando ambos estudiaban enología en Burdeos, en 1994, y ha trabajado a tumba abierta en Málaga, Rioja, Ribera, Rueda, Cebreros, Alicante y Galicia. No se ha hecho rico. Hubo momentos en los que podía haber dejado todo y haber optado por el surf o el arte contemporáneo. El tiempo le da la razón. Y confirma que fue el primero en asegurar que las cosas se podían hacer de otra forma. Y el resultado sería por fuerza bueno para todos. Que la tierra era la gran riqueza detrás de una botella de vino. Ha viajado por todo el mundo hablando de España. Mediático, extremista y deslenguado, las continuas críticas que vertía en contra de los procedimientos industriales que se estaban llevando a cabo en el sector del vino para producir más en detrimento de la calidad y la imagen le valieron, a mediados de los noventa, el apodo de "El tonto de La Rioja" por algunos de sus compañeros. En aquellos tiempos resultaba más fácil y rentable apostar por la cantidad que por la calidad. Tras aquel revolcón, el periodista de EL PAÍS Feliciano Fidalgo le echó un capote con un artículo titulado El tonto más listo de La Rioja. Hoy nadie osa ningunearle. Ascender con él en soledad a la viña La Falcoeira, en la que lleva trabajando una década y donde ha reconstruido muros originarios de los romanos, o a Las Beatas, una viña salvaje y perdida en La Rioja, es el ejemplo vivo de la magia del vino español que aspira a elaborar y dar a conocer.
Tras recorrer 3.000 kilómetros por España en su busca, los locos del vino demuestran que las cosas ya no son como eran. Que hemos dado un paso adelante. Tras patear decenas de viñas, uno se encuentra con realidades que rompen los viejos tópicos de nuestros vinos: un cava, Recaredo, que supera en calidad y precio a los grandes champanes; un ribeiro, Emilio Rojo, que rivaliza con los blancos de borgoñas; un rioja, Contador, más caro que los mejores burdeos; un tinto de las Rías Baixas, el Goliardo, que Rodrigo Méndez elabora en esta tierra de blancos al alimón con la señora Lola, una octogenaria del Salnés, en Pontevedra, que no quiere que sus viñas desaparezcan; un enólogo de lujo, Joan Assens, que ha renunciado al estrellato del Priorato y optado por centrarse en su proyecto de pequeños-grandes tintos de finca en el Montsant, bajo la marca Orto; un recuperador, Telmo Rodríguez, que ha resucitado los denostados vinos dulces de Málaga y los moribundos tintos de Cebreros. Una cooperativa, la de Capçanes, en la comarca de Falset, que bajo la dirección de Francesc Blanch está haciendo vinos enormes, impensables en otras cooperativas, y dando un porvenir digno a 82 familias. O aquel chaval de un pequeño colmado de la Barcelona de pura raza, Quim Vila, que desde ese negocio familiar ha crecido hasta ser el número uno moviendo los más interesantes vinos españoles por el mundo.
Este viaje arrancó en el Bierzo. Aquí termina. Quizá sea el ejemplo de todo. Un territorio vitícola olvidado, desprestigiado y famoso por sus graneles y vinos sin nombre. Pero con unas uvas diferentes y centenarias. En 1999 llegó a estas tierras olvidadas Álvaro Palacios, el mayor genio del Priorato, buscó viñas y encendió la mecha. Detrás llegaría su sobrino Ricardo con una ecología llevada al extremo. Los recibieron mal. Habían lanzado la semilla. Los más inquietos del lugar la recogerían. Por ejemplo, Raúl Pérez, que había nacido aquí, en Valtuille de Abajo. Mientras comemos chorizos y empanada junto a sus padres, tíos y primos, nos cuentan cómo la familia hizo vino desde el siglo XVIII. Y también los horrores de la Guerra Civil. En 2005, Raúl dio el salto a la excelencia. Sin un duro. Sin bodega. En seis años ha logrado elaborar vinos únicos, a veces con tiradas de menos de 1.000 botellas, que han enamorado a la crítica internacional, empezando por Robert Parker, su sumo sacerdote. Hoy es el brujo del Bierzo. Y ha ampliado su radio de acción hasta la Ribeira Sacra, Monterrei, Rías Baixas y también a Sudáfrica, Chile y Portugal, donde hace producciones mínimas. Entre amigos, por placer. Para Raúl Pérez, el tiempo no cuenta. Sabe que el vino es eterno.

Origen información: El País

martes, 21 de junio de 2011

DOMINIK A. HUBER, DE TERROIR AL LÍMIT



DOMINIK A. HUBER, DE TERROIR AL LÍMIT


Pasión por la viña al límite
JORDI MELENDO
Dominik A. Huber llegó al Priorat en el año 1996 con la intención de aprender a elaborar vino y trabajó con la familia Pérez Ovejero, en Mas Martinet y Cims de Porrera. Fue aquí donde cuatro año más tarde, en 2000, se cruzó en su destino Eben Sadie, enólogo conocido por sus vinos sudafricanos Columella y Sequillo, quien también llegó al Priorat después de catar un Clos Mogador y un Cims de Porrera en Londres. Juntos trabajaron en la recepción de la uva de la cosecha del 2000 del Cims de Porrera. Con aquella amistad nació la idea de trabajar juntos para elaborar un vino en el Priorat. Aunque entonces no sabían que les faltaba "la llave"…
En 2001 Huber viajó a Sudáfrica y en 2001 y 2002, junto a Sadie vinificó sus primeros vinos en Cims de Porrera, para, en 2003, iniciar una nueva singladura en la actual bodega de Torroja del Priorat. Explica ahora: "Eben hoy tiene tres hijos y dirige dos bodegas en Sudáfrica, con lo que solamente viene aquí al Priorat dos veces al año. Al principio trabajó mucho la parte enológica". Pero parece ser que seguía faltándoles la llave…
Huber y Eben, dos jóvenes repletos de ilusión y con muchas ganas, tomaron el camino de la barrica nueva, buscaban la fruta, la extracción, más extracción, y con ello, sin saberlo, se alejaban del alma y del espíritu del Priorat, según explica Dominik, un alemán nacido en 1971, al que el Priorat le apasiona: "El Priorat es un lugar extremo. Primero creo que tiene algo magnético y por algo aquí han construido hace mil años un monasterio enorme. No soy nada religioso pero una cierta espiritualidad sí que se siente, si estás solo, a veces, y un poco por la tarde cuando cambia la luz se percibe una fuerza tremenda. Vivo aquí todo el año, desde hace cuatro años, y noto mucho esto, me da mucha energía, es un sitio muy arcaico, muy pobre, no es la Toscana, que es dulce, bonita, rica, verde… El Priorat es duro, no se muestra por su lado más suave, lo tienes que buscar, es como una belleza un poco tímida, oculta, pero que después se muestra de un modo muy intenso, muy potente".
PREGUNTA . ¿Dónde estaba la llave para que abrierais la puerta del Priorat del modo que lo entendéis?
RESPUESTA . La uva del Priorat es tan potente, con tanta personalidad propia, que no necesita hacer una extracción, se tiene que hacer más bien una infusión, un trabajo suave y con mucha vista. La llave hacia el alma del Priorat ha sido una persona de aquí, del Priorat de toda la vida. Se trata de Jaume Sabaté, el tercer socio de Terroir al Límit, una persona que ha trabajado desde muy joven en la viña, que conoce a fondo el Priorat, sabe como se ha de tratar una cariñena o una garnacha, es un hombre que nos ha ayudado mucho a abrir los ojos. Siempre matiza: "Mi padre me dijo...". La aportación de Eben ha sido muy importante pero ahora es más importante la viticultura y la sensibilidad ante la naturaleza de Jaume Sabaté.
P. ¿Aprendes de él?

R. Estoy cada día con Jaume en el viñedo y cada vez estoy más cerca de la viña. En el viñedo están todos los secretos de un buen vino. Si me dicen que el vino huele a las hierbas del Priorat, hemos hecho un buen trabajo. Si huele a barrica, no hemos hecho nada.

Eben Sadie y Dominik Huber encarnan en cierto modo una segunda revolución en el Priorat, trabajando con un gran respeto por el entorno y aplicando una filosofía poco intervencionista bajo los parámetros de la viticultura biodinámica. Hablando con Dominik aprecias un hombre creativo y luchador, aplicado y metódico, pero también descubres a alguien a quien le mueve la pasión y quien se muestra cercano y sincero. Explica: "En Sicilia, en 2006, un buen amigo degustó nuestros vinos y nos comentó que nos quería mucho, pero que nuestra sopa de roble no podía beberla más. Lo que quería decir es que con la potencia que tienen los vinos del Priorat, con extracción, con concentración y con barrica pierdes la esencia del terruño, las orientaciones, el tipo de suelo. Ocultas el origen y la autenticidad". Eso les obligó a dar un giro en su proyecto, les hizo reaccionar, y empezaron a dejarse llevar por los consejos de Sabaté, su viticultor. Fue un giro brusco, dejaron de utilizar barricas nueva pequeñas para pasar a los actuales fudres de 1.200 y 3.500 litros, dejaron de despalillar la uva, empezaron a trabajar con los racimos enteros, las levaduras autóctonas y a realizar el 'pigeage' una o dos veces por semana, tan sólo moviendo un poco las uvas.
P. ¿Por qué dejasteis la extracción?
R. La extracción se realiza en un clima continental donde hay muy poca fuerza en la piel y es un invento de los enólogos modernos. En los grandes vinos del mundo no se utiliza la extracción, no puedes forzar la expresión del terruño. Y así, de este modo, poco a poco, con los años hemos desarrollado nuestro propio estilo. A partir de las cosechas 2006 y 2007 empezamos a tener vinos más elegantes, muy frescos, finos, complejos, con taninos redondos, no muy duros. No hace falta buscar tanta maduración, no pretendemos conseguir mermeladas.
P. ¿El hecho de ser alemán hace que veas al Priorat con otros ojos?
R. Creo que esto es muy importante. Yo he nacido en Munich, que no tiene ni la cultura alemana del vino. Mi familia no tenía ninguna relación con el vino, la cultura familiar era más bien de comida, de gastronomía, mi abuelo y mi padre han sido carniceros, por lo que había mucha sensibilidad para cocinar, para comer, para comprar bien en los mercados, por lo que estuve muy sensibilizado por este tema. Entonces, automáticamente, si te gusta mucho la comida llegas al vino, porque el vino para mi es un alimento, es el alimento más complejo, más rico que existe. Aunque no he estudiado enología, estudié otra cosa.
P. ¿Se puede decir qué estudiaste?
R. Si, yo he estudiado marketing y economía, no es un secreto (risas). Pero he hecho un cambio muy drástico. Yo llegué al Mediterráneo la primera vez conscientemente con 18 años a Italia y allí me formé respecto a la cocina, al vino, a los olivos, al aceite… yo me enamoré del Mediterráneo en Italia. He vivido y trabajado dos años en Génova y en 1996 llegué por primera vez al Priorat, hice amistad con Sara, Adrià, la familia Pérez Ovejero, José Luis Pérez era un poco como mi padre, y ellos me introdujeron en este paisaje.

P. ¿Esa admiración por el Mediterráneo lo es también por la cultura romana?
R. Bueno, si tienes un ojo un poco estético, para mi la belleza es lo más importante, es como un hilo rojo que me conduce por la vida, siempre me siento muy atraído por la belleza, puede ser un paisaje pero también puede ser la arquitectura, para mi la arquitectura es algo muy importante y si te mueves por el Mediterráneo observas una arquitectura con mucha historia, con mucha tradición, muchos años de civilización humana y esto se refleja siempre en el mundo del vino, el vino es el espejo de una situación socio-económica, a través del vino se puede aprender mucho de una sociedad.
P. ¿Cómo explicarías el Priorat?
R. Para mí en el Priorat hay dos terruños diferentes, hay el más típico quizá, que tenemos más presente, que es el de la llicorella, de la pizarra, que son los nueve pueblos, el más importante de ellos Gratallops, por su historia, por la segunda historia del Priorat que comenzó en Gratallops, con René Barbier, Alvaro Palacios, José Luis Pérez… y en nuestra opinión, en el típico terroir del Priorat, con la llicorella, la gran uva es la cariñena. La cariñena tiene la gran capacidad de aguantar la combinación de un suelo de llicorella, ¡con un clima extremamente caliente! Encima alcanza mucha acidez, con lo que se obtienen vinos frescos. La gran variedad para la parte típica del Priorat, la parte de llicorella, para nosotros, es la cariñena.
P. ¿Y el segundo terruño?
R. Después hay otro terroir, que no se tiene mucho en cuenta, pero también se trata de una zona con bastantes viñedos y es la parte arriba, en el Montsant. Una parte de esta cordillera es parte de la DOC Priorat y la otra pertenece a la DO Montsant, por ejemplo La Figuera, esta pequeña montaña al lado del Montsant de donde históricamente salían todas las grandes garnachas y un gran ejemplo de esta garnacha es el Espectacle de René Barbier, que cuyo suelo es de arcilla, no de llicorella del Montsant. Hay una parte en la DOC Priorat que tiene el mismo suelo y por ejemplo, nuestro vino Les Manyes, que es 100% garnacha pertenece a esta parte. En ella no hay nada de llicorella, pero hay tiza, arcilla, arena, tierras completamente diferentes que son terrenos mucho más frescos, por lo que protegen más las raíces y las plantas y pueden producir un vino muy fino, muy elegante en altura, con gran personalidad.
P. ¿Cómo interpretáis el Priorat?
R. Cada uno interpreta el Priorat a su manera, pero para mi es una satisfacción comprobar como una de nuestras fincas, el Arbossar, cada año da un vino más auténtico, más fácil de reconocer en una cata a ciegas, cada año te acercas más a la identidad de la propia viña. Respetando la viña te acerca a su personalidad.
P. ¿Y cómo lo valoran los críticos?
R. Creo que hay dos modos de catar vinos, hay el modo anglosajón y el modo mediterráneo. Me acuerdo que en Italia alguien me dijo que el gran problema del mundo del vino es que está dominado por el mundo anglosajón, los ingleses tienen el poder en el mundo del vino, en Oporto, en Burdeos, en Jerez, y han establecido un modo muy intelectual y muy comercial de acercarse al vino. En el Mediterráneo se catan los vinos de un modo emocional, es todo lo contrario, son dos mundos diferentes. Es imposible dar una puntuación de 0 a 100, porque el vino es muchísimo más rico y complejo que los números. Es como una persona, ¿cómo puedes darle a una persona 80, 90, 100? Una persona es mucho más que una cifra y el vino es como una persona.
P. ¿Y tiene alma?
R. Por supuesto que tiene alma, y cambia como una persona, el clima está cambiando siempre, tu estás cambiando siempre y el vino está cambiando siempre, son tres factores que cambian siempre y es imposible ponerle un número. Él ha dicho que se tendría que catar el vino y en el mismo segundo, no hablar de la acidez, de la barrica, de la variedad, solo le sale una expresión emocional, ¡se tendría que hacer una foto! Parece un chiste pero esa muy importante ver la expresión y la emoción de la persona cuando está catando. El amor se puede ver en una cara, no hacen falta palabras.
P. ¿Por qué es tan difícil el Priorat, tan al límite?
R. Si miras el paisaje e imaginas cómo tenemos que trabajar en estas viñas se entiende el porque. Aquí es muy difícil tener cobertura con el móvil, mandar un fax, enviar un e-mail, organizar cualquier cosa es muy difícil en el Priorat. Además, como terruño vitícola necesita toda tu fuerza y toda tu imaginación, necesitas una visión muy fuerte. Esto solo funciona si crees en el Priorat y lo quieres muchísimo.
P. Me decía René Barbier que los inversores se van, solo se quedan los que tienen mucha ilusión
R. Es cierto. El tema del empresario, del inversor, del que viene y pone dinero encima de la mesa y paga a un enólogo, y paga un comercial, todo este dinero es muy difícil de recuperar porque el Priorat es tan costoso que nadie puede tener tanto dinero para aguantar si no tienes ilusión. Esto se ha probado ya varias veces y cuanto más dinero tienen, antes se marchan. Si quieres hacer vino y lo quieres hacer bien solo hay un camino, que es el de la pasión.
He pasado una tarde conversando con Dominik Huber y me encuentro ante el problema que surge cuando estás ante alguien que tiene mucho que decir y todo interesante: cómo resumir y sintetizar tantas y tantas cosas. Gran parte de la charla ha transcurrido en una vieja furgoneta por los difíciles caminos del la zona, sobre todo el que va desde Torroja hasta la finca de Les Tosses, donde pasas de 300 a 600 metros de altitud en pocos kilómetros. Luego, en la bodega, hemos degustado, mejor dicho disfrutado, todos los vinos: Torroja-Vi de Vila 2009, Arbossar 2009, Dits del Terra 2009, Les Manyes 2009, Les Tosses 2009 y el blanco Pedra de Guix 2009. Remito al lector a las notas de cata aquí, en elmundovino. Yo me limito a decir que me han sorprendido muy gratamente, y que después de conocer más al personaje en cuestión comprendo un poco mejor aquello de que detrás de todo gran vino, hay seres humanos movidos por un gran amor a la tierra y una pasión… en algunos casos al límite.

Origen información El Mundo

lunes, 5 de mayo de 2008

South African Maverick: Eben Sadie of Sadie Family Wines

South African Maverick: Eben Sadie of Sadie Family Wines

Last night, at the SF Wine Center, I had a chance to meet a very special bi-hemispherical winemaker, Eben Sadie from Sadie Family Wines (pending website) who makes world-class wines both in South Africa and in Priorat (Spain). His first love is South Africa, where he grew up and has access to long term leases on many tiny parcels of prime grapes. When I asked him if he owned these, he said in South Africa there are laws that prevent anyone from buying land that can not be deemed financially self-sustaining. In real terms, this means that while Eben can make enough wine from a single parcel of a hectare or two, it's only because his wines command high prices. The South African government is thinking in terms of regular agriculture, like wheat, where a parcel that small isn't financially significant. This odd arrangement makes it easier for the mega producers to acquire land in big parcels. His African Home base is the Swartland region which stretches north of Cape Town, between Durbanville and Piketberg, inland from the Atlantic Ocean, centred on the town of Malmesbury.
Clearly a man that needs to stay moving all year round, he has set up a winery in Spain and is now starting to release single-vineyard Priorat wines bursting with old world charm and terroir --and fetching world-class prices for Spanish wines. He has acquired both land and leases for very old-vine Grenacha and Carignane plots and because of his experience in South Africa with Rhône grapes, he has a midas touch.
The majority of his wines are either organic or biodynamic but that's not enough for Eben. His dream is to make wines with as little mechanical intervention as possible in the future. He would like to be crushing en pied, pressing only in basket presses, and is already using gravity to move grapes and juice around the facility. It will be interesting to see if he can balance this romantic vision of the ancient Roman winemaker with the market pressures to create more bottles. All of his wine is pre-sold in allocation as it is.
As usual, I'll only be commenting about the wines I really enjoyed, which in this case is all of them! Eben was kind enough to provide some technical data on some of the current releases.
Tasting and Technical Notes:
Palladius 2006 (White)This was the first wine in the line-up and the moment I put the rim to my nose, I already judged it the best South African white I had ever had. Round and viscous with Chenin giving structure and the vioginer the high perfumes. Very delicious and recommended.Vineyards: Swartland Paardeberg MountainGrapes : Chenin blanc 30%; Viognier 30%; Grenache Blanc 20%; Chardonnay 20%Soils: Various – Granite & Gravel
Sequillo White 2006This has an old world oiliness to it, probably from the Rousanne, with a hint of Condrieu uncuousness, even though the very ripe Viognier is only 10% of the blend. Eben Sadie is very proud of this wine, but the 2007 is more what he's aiming for. I still really liked it. Vineyards: Swartland Paardeberg MountainGrapes : Chenin blanc 65%; Grenache Blanc 15%; 10% Viognier,10% RoussanneSoils: Various – Granite & Gravel
Sequillo White 2007The 2007 version of the Sequillo white has all the fruit of the 2006, but the early pick of the viognier brought the wine to a steel-edge focus. A remarkable balance, and another stunner S.A. White. Recommended.Vineyards: Swartland Paardeberg MountainGrapes : Chenin blanc 65%; Grenache Blanc 15%; 10% Viognier,10% RoussanneSoils: Various – Granite & Gravel
Pinot Noir 2006Vineyards: Elgin/StellenboschVery dense cherry, drier fruit in the dark mid-palate. Light in color but is lovely and densely flavored. From 18 year old vines.
Sequillo Red 2004Ripe and round but very pretty. Medium body with lots of Gigondas-like forest floor aromas. Vineyards: Swartland AreaGrapes : Syrah 60%; Mourvedre 30%; Grenache 10%Soils: Various – Granite & Gravel & Slate & Clay
Sequillo Red 2005A bit spicier with a lot more grip. The first smells are that of a bright and herbaceous, with a hint of tarragon and mint. This was a big year, so the tannins and chewiness will do well with several years age. Vineyards: Swartland AreaGrapes : Syrah 60%; Mourvedre 30%; Grenache 10%Soils: Various – Granite & Gravel & Slate & Clay
Columella 2004 and 2005In my first review of the 2004, I was really impressed with the 2004. The 2005 has more grip, even more blackberry bramble and lots of backbone. Though it's a bit backward now, up to 10 years will make this a stunner. Recommended.Vineyards: Swartland Mountain AreasGrapes : Syrah (80%) & Mourvèdre (20%)Soils: Various – Granite – Slate – Clay – Gravel
Sadie Family Spain
The new releases of Priorat wines from Eben Sadie are amazing wines, indeed. The retail prices range from $87 to $140 US retail so they are at the high end of the range most Americans are used to paying for Spanish wines, so it should be interesting to see how they sell. Early word is they are a hit with restaurant wine buyers. Look for these to hit our shores in June 2008.
Terroir al Limit 2005Very rich and ripe old vine Grenacha. Only 2000 bottles made. Tight now, but patience will pay off. Delicious.
Arbossar 2004This is 80% Grenacha and 20% Cariagne from a high northern slope vineyard. Very distinctive aromas of Priorat rhone grapes, exploding with perfume on the nose. Tart and tight. My favorite of the three and highly recommended.
Dits del Terra 2004This is very tight at this point and it had some chocolate aromas and a bit of spice. This I would like to re-taste in five or six years.

Origin information: The Corkdork - Wine and Food Musing